El yonqui del gol

El yonqui del gol

Cada vez que pregunto a un amigo o a un compañero de profesión cuál es su delantero favorito en la historia del fútbol raro es el que no opta por acordarse de uno de estos tres genios: Ronaldo, Romario o Van Basten. Ordénenlos en el puesto que quieran, pero es complicado poner a la altura de uno de estos a otro nueve goleador. De Ronaldo, su potencia. De Romario, su calidad y su claridad de cara al gol. De Van Basten, esa tremenda clase que le hacía ser tan especial. Cada uno tenía lo suyo y por ello son insuperables. Por todo esto sé, de antemano, que más de uno no estará de acuerdo con mi opinión sobre el que considero el cuarto miembro de este equipo de ‘fantásticos’ que al más puro estilo de Marvel hacen volar nuestra fantasía en un terreno de juego. Hablo de Luis Suárez.

Luis Suárez no es el más rápido. Tampoco es el que más salta, ni el que mejor regatea. El uruguayo no anda sobrado de calidad, pero sí de recursos. La mayor virtud que posee este fenómeno del deporte rey es su adicción. Una dependencia tan brutal para con el gol que lo convierte en un ser supremo cuando se viste de corto. Imagino a Suárez levantándose de la cama cada mañana y poniéndose en la tele una recopilación de goles de sus jugadores favoritos para poder empezar bien el día, igual que otros no podemos hacerlo sin tomarnos un café cargado. Dice mi admirado Agustín Varela (excompañero y hermano de Radio Marca) que “hay futbolistas que si no se dedicaran a esto le estarían pegando palos a un charco”. No quiero decir que Suárez no valga para nada más, pero de lo que no tengo ninguna duda es de que nació no para jugar al fútbol, sino para fabricar goles exclusivamente.

Cada movimiento suyo en el campo tiene un objetivo. Puede tener varios principios (un taconazo, un desmarque corto o largo, dejar pasar un balón, salirse de un fuera de juego…) pero sólo tiene un final: el gol. Pero el gol no entendido como algo unipersonal e intransferible, sino como una especie de salvación final a la que está encaminado todo su equipo. Para él, el gol es cosa de todos y todos tienen derecho a él. El charrúa disfruta tanto o igual haciendo la asistencia al compañero, empezando la jugada en la otra punta del campo, como partiendo la red. Él es feliz, siempre y cuando haya gol. Quizá esa es otra de sus inmejorables virtudes: la generosidad. Ésta, unida a su tremenda entrega, lo hacen un futbolista único en el mundo. Mi estimado Juan Jiménez (excelso periodista del Diario As) lo definió perfectamente: “Cobra como una estrella y corre como un canterano”. Una ambición sin límites es lo que tiene Suárez. Un problema sin remedio contra una adicción que se llama gol y que le ha ganado la partida de por vida. No quisiera ser su mujer o sus hijos el día que se retire y le quiten de las manos esa droga. Me lo imagino jugando con los colegas del barrio en las ligas de veteranos con tal de poder meterse su chute semanal y no volverse loco del todo.

Por esta bendita enfermedad Suárez me parece más que digno compañero de los otros tres en ese ‘Olympo’ de los mejores nueves del mundo que jamás podremos olvidar.

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Redacción Olympo Deportivo.

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