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Francesco Totti, el emperador normal

Francesco Totti, el emperador normal

Dicen de Roma que es ciudad eterna, ciudad entre ciudades, pródiga en la belleza pero tremendamente caótica como ella misma. Son sus piedras milenarias, lugares e instantes mágicos, Campo de Marte, el Coliseo, los papas y su cúpula de San Pedro entre la niebla. Roma es Alberto Sordi, el más romano de los romanistas, sus formalismos en el trato, son sus gatos, la figura primordial de la mamma, el mejor café del mundo tostado a mano cada mañana en el Caffé San Eustachio, sus barberías, su desesperante burocracia, sus palazzos y Francesco Totti, el emperador normal hecho a la medida del Olímpico y de Alberto Sordi.

En Roma existen muchas Romas, jamás se debe olvidar que es eterna y lo es para todo. Tan solo aquel que las interiorice todas podrá llegar al corazón romano, quizás por ello Totti está considerado como un romano ‘vero’. Sus goles, su vida, su personalidad es como uno de esos instantes de comedia antigua que tanto se respira por sus calles. Totti comienza en el nº18 de la Via Vetulonia, allí nace la fidelidad del hijo predilecto, del romanesco; en el estrecho pasillo del primer piso de aquella casa en la que jugaba junto a su hermano. Nació con el balón en la mano, y en la calle solía jugar con los mayores porque el mundo del balón siempre se le quedó pequeño, aunque paradójicamente no existiera más mundo que Roma para él. No ha cambiado prácticamente en nada, es un tipo corriente surgido de la tierra y piedra del campo de Fortitudo.

Con trece años llegó a Tregoria, ciudad deportiva de la Roma, Boskov le hizo debutar en 1993 en Serie A frente el Brescia. Tenía dieciséis años y ese mismo verano rechazó al Milán. Marcó su primer gol con la Roma ante el Foggia en la primera jornada del campeonato. Un gol muy especial, un zurdazo con la izquierda que inició una relación inmortal con la Curva Norte. Aldair le cedió el brazalete de capitán de la Roma y, cuando Zemman le puso en el camino del número diez, su izquierda comenzó a generar imposibles.

Ganar un Scudetto en Roma es como ganar diez en otro punto de Italia, y en 2001 logró conseguir su sueño desde que era niño. Con aquel gol al Parma salieron de golpe todos los Totti, el que representa a la afición en el campo, el capitán, la luz que transmite todo, el romanista, el gladiador del foro Olímpico que firma con el sello de su característica ‘cucchiaio’ (toque de cuchara). El disparatado y descerebrado que responde sin ningún tipo de filtro racional, motivo por el cual fue objeto de numerosos chistes durante su carrera, disyuntiva que aprovechó para reunirlos en libros para recaudar fondos para los más necesitados.

Totti es el emperador normal, en la antigüedad solía decirse que estos descendían de los dioses, en cambio de Francesco se puede afirmar que lo suyo es absolutamente terrenal y desciende del pueblo. Atrapado por una rara fidelidad llamada ‘romanita’ (romanidad), es una cosa bella la simplicidad de 25 años de eternidad.

Una columna de Mariano Jesús Camacho para Olympo Deportivo Magazine.

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