El hombre al que el Tour no le sonrió

El hombre al que el Tour no le sonrió

Érase una vez un ciclista. Un hombre que pedaleaba desde hacía horas con el objetivo de completar el recorrido entre Bayona y Luchón. 326 kilómetros con el mítico Tourmalet incluido.

Nuestro protagonista, llamémosle E, luchaba por hacerse con el título de campeón de aquella edición, hace ahora 90 años.

Al paso por la cima E marchaba en segunda posición, y con todas sus opciones de obtener la victoria final intactas. Por delante, solo un ligero belga; presa relativamente fácil de alcanzar en la pronunciada bajada.

Sin embargo, cuando E se acercaba a la cabeza de carrera, sufrió una aparatosa caída. Dolorido, pero sin nada roto, E quiso reemprender la marcha, pero la empresa era imposible. La horquilla delantera de su ‘bici’ se había partido.

Hablamos de 1913 y entonces en el Tour no había coches de equipo, ni de asistencia neutra. Desesperado, pero decidido a seguir, E cogió los restos de su bicicleta y continuó el descenso a pie. 14 kilómetros más tarde, arribó a la localidad de Sainte Marie-de-Campan. Allí, le habían dicho que encontraría una herrería donde arreglar su máquina.

No obstante, estamos pasando por alto que que en 1913 estaba terminantemente prohibido que un corredor recibiera ayuda exterior. Por todo ello, y bajo la inflexible mirada de los comisarios, E tuvo que arreglar su bicicleta con sus propias manos y con las herramientas que encontró en una forja.

El reto llegó a buen puerto, pero cuando E quiso finalizar la etapa todos sus sueños de victoria se habían esfumado.

La carrera de nuestro protagonista no acabo ahí, ni tampoco su mala suerte. Porque seis años más tarde, de nuevo en el Tour, la fatalidad se ensañó con E.

El primero en vestir de amarillo

El Tour de ese año apuraba sus últimas jornadas y E vestía -fue el primero en hacerlo- el maillot amarillo, novedad en esa edición para que los aficionados pudieran distinguir al primer clasificado de la general.

Su ventaja sobre el segundo clasificado, F, era de casi media hora y, aunque entonces las diferencias entre los participantes eran mucho más amplias que en la actualidad, todo hacía presagiar su triunfo absoluto.

Camino de Dunkerque y bajo un notable aguacero, E sufrió otra nueva caída y, como años atrás, la rotura de la horquilla de su bicicleta. Al igual que en 1913, el percance le supuso un retraso tan notable que, a un solo día de llegar a París, E cedió el maillot amarillo.

Con algo menos de dramatismo, ya que entonces no aspiraba al triunfo en la general individual, la historia se repitió en 1922, bajando el Galibier. Entonces, según cuentan las crónicas, E evitó un retraso similar al de sus dos negativos precedentes al emplear una bicicleta destartalada del cura de Valloire.

Está claro que el francés Eugène Christophe, protagonista de estas líneas, no fue un hombre con demasiada suerte.

Juanjo Ortega.

Redacción Olympo Deportivo.

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