Alemania, ante su codiciado reto

Alemania, ante su codiciado reto

“Las finales no se juegan, se ganan”. Valga como parafraseo esta elocuente y magnífica cita de un mito como Alfredo Di Stéfano, recientemente fallecido, para explicar el sentimiento que corre por las venas de los jugadores de la selección alemana y por la de sus hinchas en estos días previos a la gran final del Mundial de Brasil que jugarán frente a Argentina, donde los teutones intentarán alzar al cielo de Maracaná su cuarta Copa del Mundo.

La exhibición futbolística que los alemanes brindaron en Sao Paulo a Brasil, infringiéndole un contundente 7-1 en su propia casa, les encumbró hasta el punto de situarles como claro favorito en la final ante los argentinos, e hizo temblar los cimientos de un país entero -en el caso brasileño- que desde aquel tortuoso día amanece pálido y con tristeza y disturbios en sus calles.

Podría parecer de Perogrullo el afirmar y colocar a Alemania como favorito claro en un Mundial o en una Eurocopa. Sin embargo, no lo es tanto. Semifinalista en las citas de 2006 y 2010, además de en la Eurocopa de 2012, y finalista en la Euro de 2008. Esas han sido las participaciones más recientes de la Mannschaft en torneos de selecciones. Cuatro veces a las mismas puertas de tocar el cielo escuecen, y mucho, y este encuentro ante Argentina es la fecha marcada en rojo por el cuadro germano para levantar esa ansiada copa que no ganan desde 1990. El último título conseguido por alemanes fue la Eurocopa de 1996. Dieciocho años en blanco es mucho para un combinado acostumbrado a moverse por la senda del éxito.

Aun así, el reto teutón es doble. No solo está ese incentivo de haberse quedado con la miel en los labios últimamente, también el de que, de ganar la final, Alemania se convertiría en el primer país europeo en campeonar en tierras americanas. Nunca ningún equipo del viejo continente lo ha conseguido y ese es un incentivo demasiado ambicioso para una selección con un hambre voraz.

El éxito de una generación de oro

Pese a no haber ganado ningún título en los últimos tiempos, Alemania siempre es una selección que brilla y que, de la mano de su maestro de ceremonias Joachim Löw, intenta poner en liza un juego que tenga la pelota como fundamento. Los buenos resultados logrados, alcanzando siempre las fases finales y llegando lejos, no son fruto de la casualidad.

Löw ha conseguido ensamblar las piezas necesarias para hacer una maquinaria que roza la perfección. El éxito de esta selección finalista tiene fecha de origen, la Eurocopa Sub-21 de 2009. Alemania salió victoriosa de aquella cita de categorías inferiores y lo hizo con un equipo que tenía entre sus filas nombres como: Mesut Özil, Manuel Neuer, Benedikt Höwedes, Matt Hummels, Sami Khedira o Jerome Boateng.

En efecto, más de la mitad de jugadores que formarán sobre el césped de Maracaná este domingo. “Es bueno haber crecido juntos. Sabes cómo es tu compañero dentro y fuera del campo”. Estas palabras de Hummels en la Eurocopa de 2012 describen a la perfección esta tesitura. Tras varios años jugando en el mismo equipo se han ido incorporando poco a poco a la plantilla de la absoluta, y el conocimiento y química entre ellos es total.

Las garantías alemanas

Mucho se habla de la archiconocida fiabilidad alemana, pero en este Mundial tiene su fundamento en la fortaleza defensiva, que se incrementa notablemente cuando Lahm juega de lateral y en su prolífico mediocampo, donde durante este mes se ha elevado con voz de tenor Toni Kroos. Su visión de juego, precisión a balón parado y llegada desde segunda línea le han permitido ser el jugador con más pases, además de sumar dos goles ante Brasil. Es, sin duda, uno de los descubrimientos de esta Copa del Mundo.

No obstante, aún hay más. Alemania es un torbellino en ataque, siendo el equipo más goleador del torneo con 17 tantos. En la faceta anotadora hay que nombrar sí o sí a dos hombres. Uno es el máximo goleador de la historia de los mundiales; el nombre de Miroslav Klose va asociado al de récord. El otro es Thomas Müller, que con sus diez tantos en las dos últimas participaciones teutonas en un Mundial está llamado a coger el relevo del primero.

El doble reto para Alemania es mayúsculo, pero vistas la trayectoria y dinámica de los pupilos de Löw no parece para nada rocambolesco. El duelo ante Argentina será la tercera final para ambos y lo más seguro es que sea visto por millones de espectadores en el planeta tierra, y por buscarle otro incentivo a una final de un Mundial –que de por sí ya tiene demasiados- ese sería el tremendo duelo de contrastes de estilos entre la Albiceleste y los alemanes.

Alemania es un conjunto con una tremenda frialdad, que opera con la precisión milimétrica y mutismo de los mejores cirujanos, mientras que Argentina representa históricamente el tango, la elegancia –pese a que en este Mundial están lejos de esa excelencia- y la armonía y buena sintonía con la que adornan su poesía balompédica.

De ganar su cuarto entorchado mundialista, la selección alemana extendería al fútbol el dominio incontestable y fortaleza que exhibe el país en Europa. Son demasiados argumentos apetecibles para hacer pensar que la batalla en Maracaná será épica.

Alberto Ardila

Redacción Olympo Deportivo.

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